.
- Sé que no me crees nada de lo que te conté - me dijo. -
Me levanté, tomé una hoja de papel e hice dos agujeros, a una distancia de 20 centímetros cada uno. Coloqué la hoja en la mesa ratona, apoyada en la botella del Chivas Regal (ya consumido a la mitad) de modo que quedara vertical.
Después fui hasta la cocina y traje un corcho. Me senté en la cabecera de la mesa y empujé el papel con la botella hacia el otro extremo. A continuación, me puse el corcho en la frente.
- Vení acá - le dije. -
Ella se levantó del sofá.
- Vamos a imaginar que este corcho es un electrón, una de las pequeñas partículas que componen el átomo ¿entendés? -
Ella afirmó con la cabeza.
- Prestá atención. Si tuviese acá conmigo ciertos aparatos complicadísimos que me permiten dar un "tiro de electrón", y si disparara en dirección a esa hoja, el corcho pasaría por los dos agujeros al mismo tiempo, ¿sabías eso? Solo que pasaría por los dos agujeros sin dividirse.
- No te creo, es imposible - me dijo. -
Tomé la hoja y la tiré a la basura, luego guardé el corcho en el primer cajón del modular.
- No me creas, pero es verdad. Todos los científicos saben esto, aun cuando no consiguen explicarlo. Yo tampoco creo en nada de lo que me dijiste hace un rato. Pero sé que es verdad.
- ¿Y qúe es lo que los científicos hacen ante los misterios de la ciencia?
- Sabemos que el misterio no nos abandonará nunca, entonces aprendemos a aceptarlo y a convivir con él. Pienso que esto está presente en muchas situaciones de la vida. Una madre que educa a su hijo debe sentirse buceando en el destino, o un emigrante que va lejos de su patria en busca de trabajo y dinero. Todos creen que sus esfuerzos serán recompensados, y que un día van a entender lo que sucedió en el camino y que, en su momento, parecían tan asustados.
No son las explicaciones las que nos hacen avanzar, es nuestra voluntad de seguir adelante.
domingo, 12 de julio de 2009
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